Lupin recupera la emoción en su segunda parte

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Muchos esperábamos a la serie inspirada en la historia de Maurice Leblanc. El de Lupin es uno de esos personajes ya clásicos que encarna a los ladrones simpáticos; los que roban a quienes, no es que se lo merezcan, pero inspiran poca pena, sin violencia mediante y basándose en la inteligencia. Es un mangante majo que gusta que triunfe. Y si algo conseguía la serie de Netflix inspirada en él era respetar ese halo, mezclándolo con un arranque vivo e interesante que convencía.

Pero hay que reconocer que, pasados los primeros episodios, la serie decaía. No es que sea mala, los actores siguen estando bien, la ciudad es maravillosa y la historia de fondo tiene su punto, pero aburre un poco, lo que es un problema cuando hablas de únicamente cinco episodios. Con todo, cogí la segunda parte con ganas, porque Assane Diop (Omar Sy) es un tío que nos cae antipático y al que hemos dejado en una situación dramática. El secuestro de su hijo fue un final que no tenía demasiado sentido, pero por lo menos acababa con emoción. Aunque apostara por dejar con la intriga de algo que tampoco es que interesara tanto.

Esa es la mayor piedra de la segunda parte de la primera temporada de Lupin, su arranque no es algo que tengas excesiva emoción por descubrir. Pero se supera. De una forma feliz o no (eso lo dejo a la sorpresa de cada espectador), el tema consigue avanzar y vuelve a centrarse en el buen ladrón, completado por la repulsa que acaba por despertar el malo de la serie. El personaje de Pellegrini (Hervé Pierre) se va redondeando conforme avanza el metraje, convirtiéndose al final en un señor al que directamente le deseas cosas malas. Y eso es bueno: cuanto más representa Pellegrini a la perversión, más justo te parece todo lo que hace Assane. En el contraste entre ambos la serie logra completar muy bien el personaje bueno y hace más emocionante llegar al final.

Y con eso me quedo, el emulador de Lupin entretiene cuando habla de robos, de peleas con el demonio y de persecuciones juguetonas con policías vocacionales, pero pierde puntos cuando se centra en el yo humano con vida personal y familiar. Queremos ver las triquiñuelas algo tramposillas que aceptamos sin rechistar y escenas como la de los jardines de la primera parte, no sentimentalismos demasiado realistas. Esos momentos donde sabes que todo saldrá bien, pero quieres ver cómo, nos dan vidilla y hacen que la propuesta de Netflix valga la pena.

Son diez episodios en total (cinco los que acaban de estrenarse), ni mucho, ni poco. Ligeros y fáciles de ver, aptos para todos los públicos y con una caricaturización de los personajes que la aleja de la realidad y hace que se quede en algo fantasioso. Divierte cuando habla de lo que ha venido a contar y nos tiene deseando que el bien triunfe sobre el mal, aunque eso suponga robar un poquito por el camino. Si algo hace esta serie es repetirnos que hay que abandonar el sendero de lo ilegal y centrarse en ser un buen ciudadano. Yo digo que no, que si tiene que haber una segunda temporada queremos más líos, trapicheos y un poco de justicia poética. Porque esto es ficción, y en ella nos merecemos que los Pellegrinis del mundo muerdan el polvo.