Cómo la cuarentena acabó con el fin de semana

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Tom Oling, de 51 años, un planificador de televisión que vive en Denver, no recuerda la última vez que se vistió para salir el fin de semana.

“No he usado zapatos con agujetas desde abril. Ahora solo hay tres o cuatro camisas en la rotación”, dijo.

Ahora que Oling trabaja en casa, todos los días son iguales, ya sea un martes o un sábado. Solía conducir 45 minutos para llegar al trabajo y luego ir al gimnasio del edificio de su oficina. Ahora cada mañana veo un video de ejercicios de 15 minutos seguido de media hora en bicicleta.

Durante la semana, en lugar de charlar con sus compañeros de trabajo, hace actividades que solían estar reservadas para el fin de semana: convivir con sus hijastros, de 19 y 15 años, y jugar a la pelota con su perro. “Los niños no estarán en la casa para siempre. Siento que en mis años dorados miraré hacia atrás y me alegraré de haber tenido este tiempo extra juntos”, afirmó.

¿Pero cómo, exactamente, se define este tiempo extra?

Dado que los adultos ahora trabajan desde sus hogares y muchos campamentos de verano y escuelas son a distancia, la línea entre la semana y el fin de semana se ha desdibujado. Para algunos, todos los días parecen laborales y están marcados por las tareas domésticas, el cuidado de los niños y poca recreación. Para otros, que trabajan a distancia, parece como si todos los días fueran un sábado, con innumerables oportunidades de diversión. De cualquier manera, ahora la vida puede parecer sacada de películas como “El día de la marmota” o “Palm Springs”, en las que el mismo día se repite una y otra vez.

El gobernador Andrew Cuomo suele bromear con los neoyorquinos al recordarles cuando un día es sábado, pero “se siente como un jueves perpetuo”, comentó Rachel Sloan-Rittenhouse, una maestra que trabaja con niños de 4 a 6 años.

En la primavera, cuando la pandemia estaba comenzando, Sloan-Rittenhouse sintió que tenía cierta estructura en su casa de Cachemira, Washington. “Mi hijo de 7 años tenía que recoger los paquetes de trabajos escolares en ciertos días, llamadas por Zoom para las clases otros días y yo tenía mi videollamada de clase por Zoom en días distintos”, explicó. “Era más fácil tratar de mantener nuestros calendarios internos”, reflexionó.

A medida que pasaban los días y su familia dejaba de tener una rutina, comenzó a confundir las jornadas. “Tenía que revisar mi teléfono para ver qué día era y tenía que poner alarmas para acordarme de ejecutar las tareas en días determinados”, recordó. “Nada te hace sentir tan tonta como entrar en una reunión de Zoom de primer grado con un niño recién bañado para darte cuenta de que eres la única que está allí”, afirmó.

Luego están aquellos a los que la repetición los hace felices.

Para Evy deAngelis, de 34 años, vicepresidenta de ventas y mercadotecnia que vive en el Upper West Side de Manhattan, la pandemia ha eliminado los días de trabajo estresantes entre semana, para convertirlos en un fin de semana. “Los domingos ya no me dan pesadez”, dijo. “Soy perfectamente feliz sentada en una noche de domingo con una copa de vino hasta bien pasada la medianoche y no me estreso en absoluto por el día siguiente”, agregó.

Antes de la pandemia deAngelis sabía qué día era por la ropa que usaba. No más. “Solía usar tacones, sombras oscuras difuminadas y me secaba el pelo con secadora para peinarlo. Ahora uso zapatos bajos y cómodos, de maquillaje solo me aplico rímel y no me he peinado con secadora o plancha en meses”, afirmó.

A algunas personas les preocupa que la falta de estructura entre semana sea adversa para su salud mental.

Luke Geoffrey, de 35 años, un redactor creativo que vive en Manchester, Inglaterra, tiene licencia sin goce de sueldo, lo que significa que, en efecto, todos los días se sienten como si fueran el fin de semana.

“No hay alarma matutina ni tomar el transporte para ir al trabajo ni buzones de correo electrónico desbordados ni fechas límite; suena a felicidad, ¿verdad? A medida que la licencia se prolonga, ya vamos para 15 semanas, extraño tener una razón para despertarme por la mañana y poner mi cerebro a trabajar”, explicó.

Geoffrey dijo que las partes realmente buenas del fin de semana aún no estaban disponibles. “No puedo ir a los clubes ni asistir a un espectáculo de comedia ni hacer nada de las otras cosas que normalmente recargan mi alma”, manifestó. “Tampoco están las Olimpiadas, ni Wimbledon, ni festivales, ni vacaciones, ni el Festival de Eurovisión”. Sin nada oficial que esperar, “creo que hay un tsunami de gente como yo que se está preparando para su primer colapso nervioso, sin mecanismos para lidiar con él”, dijo Geoffrey.

Otras personas, con los medios para hacerlo, simplemente están integrando el tiempo dentro y fuera del trabajo.

Rob Parks, de 35 años, analista de TI de atención médica que vive en Washington, dijo que la mejor parte del trabajo a distancia era que podía estar en cualquier lugar, siempre y cuando tuviera su computadora portátil. Ha planeado algunos viajes desde ahora hasta el otoño, todos a destinos con playas donde puede nadar en su hora de comida y disfrutar de una piña colada en el momento en que termina la jornada laboral y cierra su computadora portátil.

El hecho de que no tenga que tomarse días de vacaciones y pueda quedarse en estos lugares todo el tiempo que quiera, ya sea entre semana o durante el fin de semana, le emociona.

“Estaré en Virginia Beach hasta el viernes. Puede que me quede hasta el domingo. O más tiempo. No lo sé”, concluyó.

Dado que los adultos ahora trabajan desde sus hogares y muchos campamentos de verano y escuelas son a distancia, la línea entre la semana y el fin de semana se ha desdibujado. (Michelle Mruk/The New York)